El secuestro ideológico del fútbol
El encono y las acusaciones tras el pitazo final del Mundial no fueron un hecho puramente deportivo, sino el síntoma de una fractura mucho más profunda en nuestra convivencia global. Un análisis sobre cómo la Selección Argentina fue el blanco de una campaña que cruzó el «wokismo», la desinformación y el oportunismo político.
Como exjugador de fútbol, pude observar (aunque seguramente hay oras opiniones) que, en la final por la copa Mundial, la selección argentina fue superada por la de España desde el primer minuto de juego. En el partido anterior —la semifinal— el equipo en el segundo tiempo, arrasó a Inglaterra sin atenuantes; sin embargo, no apareció en el partido final ese mismo espíritu.
Desde el punto de vista futbolístico España no es superior a nuestra selección, aunque así haya parecido; y entonces uno se pregunta: ¿Qué pasó? Creemos que solo fue una falencia en la preparación física del equipo argentino que repercutió en el juego. Dejamos una respuesta más profesional para quienes puedan analizarlo deportivamente.
Lo que sí sabemos es que a partir del resultado de la final aparecieron preceptos injuriosos y falsos —como hilvanados por una mente tenebrosa— contra Argentina. Es lo que queremos analizar.
EL FENÓMENO DEL «WOKISMO»
En estos días hemos escuchado hasta el hartazgo comentarios en los medios de comunicación que tienen como centro al término «Wokismo». Una expresión inglesa que al español se lo puede traducir como «despierto», y que define a una línea de pensamiento iniciada en la década de 1930 en EE.UU. y describe —o intenta hacerlo— a la «conciencia y militancia ante las injusticias sociales, el racismo, la desigualdad de género y la discriminación hacia minorías».
Nació en la comunidad afro estadounidense el siglo pasado para llamar a mantenerse «alerta» frente al racismo americano. Hoy, deformado, se ha convertido en un arma política para describir algo positivo o despectivo. Como ocurre con casi todas las cosas —depende quién la utilice— servirá para describir al bien, o al mal.
LOS TRES EJES DEL ATAQUE A ARGENTINA
La reciente final del Mundial expuso cómo el fútbol se convirtió en una caja de resonancia geopolítica, donde activistas de ciertos países y usuarios en redes sociales utilizaron el evento como un espejo del conflicto palestino-israelí.
El fenómeno de atacar a la Selección Argentina bajo la acusación de representar el alineamiento del gobierno actual con Israel y Estados Unidos, puede abordarse desde tres ejes analíticos indispensables:
El primero, la falacia de representatividad: El principal error de estas narrativas peyorativas es reducir a un plantel de fútbol —y a todo un país— a las decisiones diplomáticas de su poder ejecutivo actual. Ello marca la desconexión social de la crítica infundada, porque el apoyo manifiesto del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al equipo argentino antes de la final, alimentó la retórica de los críticos en el extranjero. Sin embargo, esto ignora deliberadamente la pluralidad interna del país, ya que las encuestas reflejan que la mayoría de la sociedad argentina rechaza una implicación directa en disputas de Medio Oriente. El hincha y el jugador argentino promedio no entran a la cancha pensando en geopolítica, sino en ser campeón del mundo.
El segundo punto, la construcción de un intermediario artificial: Se forzó una polarización evidente. Los sectores pro-Palestina adoptaron a España como estandarte debido al histórico reconocimiento del Estado Palestino por parte del gobierno español y gestos aislados de sus futbolistas. Por el contrario, catalogaron a la Albiceleste como «el Israel de Sudamérica». Los detractores futbolísticos tradicionales de Argentina (tanto regionales como europeos) encontraron en la causa palestina una excusa con supuesta «superioridad moral» para justificar su hostilidad deportiva y celebrar la caída argentina en la final.
Y el tercero, hubo desinformación coordinada y racismo inverso: Las acusaciones falsas escalaron rápidamente hacia narrativas sesgadas de corte xenófobo. Publicaciones en plataformas digitales y columnas de opinión radicalizadas llegaron a vincular el éxito deportivo histórico de Argentina con supuestas «conspiraciones judías» o manipulación de la FIFA, utilizando un lenguaje que roza abiertamente el antisemitismo.
Bajo un doble estándar moral, se juzga al deportista argentino bajo una lupa política extrema, mientras que a las selecciones de potencias totalitarias o países con nulos historiales de derechos humanos rara vez se les exige el mismo nivel de responsabilidad por las acciones de sus gobernantes.
Exponer esta injusticia conceptual no solo defiende la integridad de la Selección, sino que desnuda el oportunismo de quienes usan tragedias humanitarias reales para ganar discusiones en una tribuna de fútbol.
EL EQUILIBRIO DEL OBSERVADOR
Cuando el entusiasmo por un juego es secuestrado por el odio geopolítico y la desinformación, es evidente que nuestra brújula ética colectiva está fallando. No podemos resolver esta crisis con las mismas herramientas que la provocaron. El ser humano, con toda su tecnología, parece incapaz de frenar este desierto espiritual y cultural que nos divide. Frente a un mundo que corre a ciegas hacia el relativismo absoluto, se vuelve urgente detener la marcha y recuperar el discernimiento individual.
Necesitamos un ancla que no dependa de los vaivenes políticos ni de las modas ideológicas. El tiempo corre y las señales del quiebre están a la vista: buscar con honestidad esa Fuente Suprema de Verdad, Justicia y Trascendencia ya no es un asunto de fe dominguera, sino una necesidad vital de supervivencia mental y espiritual para todo aquel que desee mantener la cordura en tiempos de confusión.












